Cuando alguien se va de nuestro lado, sea por muerte, por destierro, por cansancio, por enojo, por traición, por resignación, por desaparición o porque simplemente se cumplió un ciclo (eso es lo
último en lo que pensamos cuando sucede...) queda un espacio vacío. Un hueco en el corazón. Una hendidura que duele y que no hace más que recordarnos que aquél que hasta hace poco estaba, ya no está.Se nos enseña desde chiquitos que a los espacios en blanco hay que rellenarlos. Con colores, con trazos firmes, con lineas y garabatos, con palabras... El fondo blanco debe ser cubierto para que no se note lo desnuda que es la existencia.
El silencio debe ser evitado con palabras, aunque no estemos diciendo nada de importancia.
Cubrir, esa es la cuestión.
Cuando el corazón se destempla queremos abrigarlo. Pronto. No sea que una helada lo petrifique y deje de latir.
Cuando sentimos una herida en carne viva queremos operarla sin demora. Una sutura por aquí, que ya no sangre, gasas para taparla. Una mordaza esterilizada para no oír el llanto desgarrador....
No soportamos sentir tanto. Y, sin embargo, esa es la ilusión que mueve al amor.
La intensidad la queremos en el sexo, en el enamoramiento, en el deleite y el placer. Pero no en el dolor. A ese hay que atenuarlo, silenciarlo, rebajarle el volúmen hasta que ya no se oiga.
La vida comienza en los espacios vacíos. En la nada. En el silencio más absoluto. Pero luego aprendemos que para vivir hay que escaparle a esos agujeros negros. Huir de los espacios vacíos. Esquivar pozos y abismos.
Cuando alguien se va de nuestro lado se quiebran viejos acuerdos. El otro no cumplió con su promesa. Dejó las cosas sin terminar. Me sumió en un caos imprevisto. Me dejó con palabras en la boca en medio de un silencio atroz.
¿Con qué voy a llenar esta vez ese espacio en blanco?

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