
(de Juan Carlos Jensen)
Con la mente en blanco y el papel vacío,
con el lápiz quieto y la mano muda,
con los ojos mansos de tiempo y estío
miro la inocencia, la verdad desnuda.
¿Qué puedo decirte? madre de mi alma,
madre de mi vida, mi madre nostalgia.
¿Qué puedo decirte? madre de mi calma
que no te haya dicho a tiempo y distancia.
¿Qué puedo decirte que no te haya dicho
cuanto te miraba con mis ojos niños,
sin decirte nada, con los ojos fijos,
cuando me callaba, lleno de cariño?
Escribirte versos nunca ha sido fácil
así como amarte fue siempre sencillo.
Recordar tu aroma y tu risa grácil
me llena la sangre de sol y de brillo.
Tu perfume siempre fue el de la azucena,
estaba en la plaza, cerca de la esquina.
Tu aroma de madre, de flor y maicena,
estaba en la casa, allá en la cocina.
De ollas y sartes era tu cocina.
De risas y cantos y azúcar quemada,
lluvia y chipacuero, mi madre divina,
votucá y aloja, mi madre adorada.
Uno busca y piensa hermosas palabras
que digan lo mucho que a su madre amó.
Y busca y no encuentra decir lo que calle
el íntimo idioma de su corazón.
No tiene las letras el abecedario
para el sentimiento de un amor sin par.
Tan común parece, tan extraordinario
pues conjuga verbos de dar y de amar.
¿Qué puedo decirte que no te haya dicho
en besos y besos, sin poder parar,
que te di de grande, que te di de chico,
que te sigo dando y que te quiero dar?
Y despues de todo, yo sólo quería
una tibia noche de Mburucuyá
decirte despacio dulce madre mía
estas tres cositas: ¡te quiero mamá!
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